¿Puede la obsesión por la base de datos justificar la falta de modales?
¿Si conoces la dirección de una persona, tienes derecho automático a dirigirte a ella?
¿Saber la combinación ganadora de una dirección IP, otorga licencia de invasión digital?
Tengo mis dudas.
El primer argumento implícito en cada mensaje direccionado que enviamos (sms, emailing, mailing…) es consustancial al hecho de enviarlo: “ No disimules, que sé que estás ahí”.
-¡Bravo, chico listo! Me has localizado… De hecho tu emailing me ha llegado mientras analizaba la cuenta de resultados, tu sms cuando hablaba por teléfono con mi hijo y tu mailing interrumpió la reunión que mantenía con mi principal cliente… Por supuesto he dejado todo lo que estaba haciendo para ver qué era eso tan importante que tenías que decirme…
- No, nada, que pasaba por aquí con una oferta irrepetible en exclusiva para usted.
- ¡No me jodas, hombre! (*)
Lo que da derecho a dirigirse a un semejante no es el Marketing, sino la educación.
Que aconseja interrumpir sólo cuando existe un motivo realmente serio o un beneficio evidente para el interrumpido.
Conseguir la dirección de otra persona puede ser un acto legal, pagadero con dinero: Yo te doy 60 céntimos y tú me das un prospecto.
Pero la atención del ser humano no va incluida en el lote.
Tener sus datos te ofrece el principio de tu trabajo como creativo, no el final de tu tarea como redactor.
(*) Esta fue la respuesta, rotunda y personalizada, que me dedicó Paco Umbral cuando, al coincidir con él en el Café Gijón, le expresé mi admiración diciéndole:
- Le menciono a usted como modelo de redacción en un libro que publiqué.
- ¿Y de qué trata ese libro?
- De Marketing Directo
- !No me jodas, hombre!


